abril 20, 2024 in Evangelios

Evangelio del 21 de abril del 2024

IV Domingo de Pascua

Lectionary: 50

Primera lectura

Hch 4, 8-12
En aquellos días, Pedro, lleno del Espíritu Santo, dijo: “Jefes del pueblo y ancianos, puesto que hoy se nos interroga acerca del beneficio hecho a un hombre enfermo, para saber cómo fue curado, sépanlo ustedes y sépalo todo el pueblo de Israel: este hombre ha quedado sano en el nombre de Jesús de Nazaret, a quien ustedes crucificaron y a quien Dios resucitó de entre los muertos. Este mismo Jesús es la piedra que ustedes, los constructores, han desechado y que ahora es la piedra angular. Ningún otro puede salvarnos, pues en la tierra no existe ninguna otra persona a quien Dios haya constituido como salvador nuestro”.

Salmo Responsorial

Salmo 117, 1 y 8-9. 21-23. 26 y 28cd y 29

R. (22) La piedra que desecharon los constructores
es ahora la piedra angular. Aleluya.

Te damos gracias, Señor, porque eres bueno,
porque tu misericordia es eterna.
Más vale refugiarse en el Señor,
que poner en los hombres la confianza;
más vale refugiarse en el Señor
que buscar con los fuertes una alianza.
R. La piedra que desecharon los constructores
es ahora la piedra angular. Aleluya.

Te doy gracias pues me escuchaste
y fuiste para mí la salvación.
La piedra que desecharon los constructores,
es ahora la piedra angular.
Esto es obra de la mano del Señor
Es un milagro patente.
R. La piedra que desecharon los constructores
es ahora la piedra angular. Aleluya.

Bendito el que viene en nombre del Señor.
Que Dios desde su templo nos bendiga.
Tú eres mi Dios, te doy gracias.
Tú eres mi Dios, y yo te alabo.
Te damos gracias, Señor, porque eres bueno,
Porque tu misericordia es eterna.
R. La piedra que desecharon los constructores
es ahora la piedra angular. Aleluya.

Segunda lectura

1 Jn 3, 1-2

Queridos hijos: Miren cuánto amor nos ha tenido el Padre, pues no sólo nos llamamos hijos de Dios, sino que lo somos. Si el mundo no nos reconoce, es porque tampoco lo ha reconocido a él.

Hermanos míos, ahora somos hijos de Dios, pero aún no se ha manifestado cómo seremos al fin. Y ya sabemos que, cuando él se manifieste, vamos a ser semejantes a él, porque lo veremos tal cual es.

Aclamación antes del Evangelio

Jn 10, 14
R. Aleluya, aleluya.
Yo soy el buen pastor, dice el Señor;
yo conozco a mis ovejas y ellas me conocen a mí.
R. Aleluya.

Evangelio

Jn 10, 11-18

En aquel tiempo, Jesús dijo a los fariseos: “Yo soy el buen pastor. El buen pastor da la vida por sus ovejas. En cambio, el asalariado, el que no es el pastor ni el dueño de las ovejas, cuando ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye; el lobo se arroja sobre ellas y las dispersa, porque a un asalariado no le importan las ovejas.

Yo soy el buen pastor, porque conozco a mis ovejas y ellas me conocen a mí, así como el Padre me conoce a mí y yo conozco al Padre. Yo doy la vida por mis ovejas. Tengo además otras ovejas que no son de este redil y es necesario que las traiga también a ellas; escucharán mi voz y habrá un solo rebaño y un solo pastor.

El Padre me ama porque doy mi vida para volverla a tomar. Nadie me la quita; yo la doy porque quiero. Tengo poder para darla y lo tengo también para volverla a tomar. Éste es el mandato que he recibido de mi Padre’’.

Reflexión

El Evangelio según San Juan, capítulo 10, versículos 11-18, nos sumerge en la revelación de Jesús como el Buen Pastor, una imagen que trasciende la mera metáfora para ubicarnos en el corazón mismo de la teología cristiana. Este pasaje nos ofrece una perspectiva única sobre la naturaleza de Jesús y su relación íntima y exclusiva con aquellos a quienes guía y protege.

Primero, Jesús se identifica no solo como un pastor, sino como “el buen pastor”, lo que sugiere una cualidad distintiva y superior. La bondad aquí no solo implica benevolencia, sino también eficacia y dedicación auténtica. En contraste con el asalariado, que huye ante el peligro por falta de compromiso con las ovejas, Jesús manifiesta un compromiso absoluto hacia su rebaño, hasta el punto de entregar su vida por él.

Este sacrificio supremo del pastor se convierte en el eje central de la teología de la cruz. La entrega voluntaria de su vida destaca la iniciativa divina en el acto salvífico. Jesús no es una víctima pasiva de las circunstancias, sino un agente activo de la redención. Su muerte no es un accidente, sino un acto deliberado y redentor, que establece un nuevo tipo de relación entre Dios y la humanidad, una relación marcada por la intimidad, el sacrificio y el amor incondicional.

Además, Jesús habla de tener “otras ovejas que no son de este redil”, lo que prefigura la universalidad de su mensaje y la expansión del cristianismo más allá de los límites judíos. Esta inclusividad es fundamental para entender la misión de la Iglesia, que es llevar el mensaje de salvación a todos los rincones del mundo sin distinción.

El conocimiento mutuo entre el pastor y sus ovejas, que Jesús compara con la relación entre él y el Padre, profundiza aún más esta reflexión. No se trata solo de un conocimiento intelectual, sino de una comprensión profunda y personal que se asemeja a la comunión trinitaria. Así, el liderazgo de Jesús no es autoritario sino relacional, basado en el reconocimiento y la respuesta libre de sus seguidores, quienes escuchan y siguen su voz.

Por último, la autoridad de Jesús para entregar y retomar su vida no solo subraya su divinidad, sino que también resalta su obediencia y su alineación perfecta con la voluntad del Padre. Este pasaje nos llama, entonces, a reflexionar sobre nuestra propia respuesta al llamado de Jesús, a reconocer su voz en nuestras vidas y a seguirlo con la misma entrega y confianza que él demostró hacia nosotros.

Este pasaje del Evangelio nos confronta con la esencia del liderazgo divino, que se manifiesta en servicio, sacrificio y amor inclusivo, y nos desafía a vivir de acuerdo con estos valores en nuestra propia jornada espiritual.




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