diciembre 28, 2023 in Evangelios

Lecturas del 2 de enero del 2024 :: Memoria de San Basilio Magno y san Gregorio Nacianzeno, Obispos y doctores de la Iglesia

Memoria de San Basilio Magno y san Gregorio Nacianzeno, Obispos y doctores de la Iglesia

Lectionary: 205

Primera lectura

1 JN 2, 22-28

Hijos míos: ¿Quién es el mentiroso, sino aquel que niega que Jesús es Cristo? Ése es el anticristo, porque niega al Padre y al Hijo. Nadie que niegue al Hijo posee al Padre; pero quien reconoce al Hijo, posee también al Padre.

Que permanezca, pues, en ustedes lo que desde el principio han oído. Si permanece en ustedes lo que han oído desde el principio, también ustedes permanecerán en el Hijo y en el Padre. Ésta es la promesa que él mismo nos hizo: la vida eterna.

Les he escrito esto, pensando en aquellos que tratan de inducirlos al error. Recuerden que la unción que de él han recibido, permanece en ustedes y no necesitan enseñanzas de nadie; esta unción, que es verdad y no mentira, los ilustra a través de todas las cosas; permanezcan, pues, en él, como la unción les enseña.

Así pues, hijos míos, permanezcan en él, para que, cuando él se manifieste, tengamos plena confianza y no nos veamos confundidos por él en el día de su venida.

Salmo Responsorial

Salmo 97:1, 2-3AB, 3CD-4

R.(3a)  Cantemos la grandeza del Señor.
Cantemos al Señor un canto nuevo,
pues ha hecho maravillas.
Su diestra y su santo brazo
le han dado la victoria.
R.  Cantemos la grandeza del Señor.
El Señor ha dado a conocer su victoria
y ha revelado a las naciones su justicia.
Una vez más ha demostrado Dios
su amor y su lealtad hacia Israel.
R.  Cantemos la grandeza del Señor.
La tierra entera ha contemplado
la victoria de nuestro Dios.
Que todos los pueblos y naciones
aclamen con júbilo al Señor
R.  Cantemos la grandeza del Señor.

Aclamación antes del Evangelio

HEB 1, 1-2

R. Aleluya, aleluya.
En distintas ocasiones y de muchas maneras
habló Dios en el pasado a nuestros padres,
por boca de los profetas.
Ahora, en estos tiempos,
nos ha hablado por medio de su Hijo.
R. Aleluya.

Evangelio

Jn 1, 19-28

Éste es el testimonio que dio Juan el Bautista, cuando los judíos enviaron desde Jerusalén a unos sacerdotes y levitas para preguntarle: “¿Quién eres tú?”

Él reconoció y no negó quién era. Él afirmó: “Yo no soy el Mesías”. De nuevo le preguntaron: “¿Quién eres, pues? ¿Eres Elías?” Él les respondió: “No lo soy”. “¿Eres el profeta?” Respondió: “No”. Le dijeron: “Entonces dinos quién eres, para poder llevar una respuesta a los que nos enviaron. ¿Qué dices de ti mismo?” Juan les contestó: “Yo soy la voz que grita en el desierto: ‘Enderecen el camino del Señor’, como anunció el profeta Isaías”.

Los enviados, que pertenecían a la secta de los fariseos, le preguntaron: “Entonces, ¿por qué bautizas, si no eres el Mesías, ni Elías, ni el profeta?” Juan les respondió: “Yo bautizo con agua, pero en medio de ustedes hay uno, al que ustedes no conocen, alguien que viene detrás de mí, a quien yo no soy digno de desatarle las correas de sus sandalias”.

Esto sucedió en Betania, en la otra orilla del Jordán, donde Juan bautizaba.

Reflexión Evangelio según San Juan 1, 19-28

El evangelio de Juan 1, 19-28 nos ofrece una ventana al inicio del ministerio de Juan el Bautista, un precursor de Jesús. Este pasaje resalta la humildad y el propósito de Juan, enfatizando su papel como el que prepara el camino para el Mesías. Juan declara que no es el Cristo, ni Elías, ni el profeta prometido, sino simplemente “una voz que clama en el desierto”. Aquí se evidencia la esencia de su misión: allanar el sendero para el que es mayor que él, Jesús.

Históricamente, este fragmento del Evangelio de Juan subraya el contexto judío en el que emergió el cristianismo. La expectación de un Mesías era fuerte, y las preguntas dirigidas a Juan el Bautista reflejan la búsqueda de una figura redentora. La respuesta de Juan, centrada en la preparación y no en sí mismo, marca un contrapunto importante en la tradición mesiánica.

En el marco de la celebración de Santos Basilio Magno y Gregorio Nacianceno, este pasaje cobra aún más significado. Estos dos pilares de la Iglesia del siglo IV destacaron por su incansable labor en el esclarecimiento y defensa de las verdades fundamentales de la fe cristiana. En una época de intensos debates teológicos, ellos se opusieron firmemente a las interpretaciones erróneas sobre la naturaleza de Cristo, particularmente contra las ideas promovidas por el arrianismo se refieren a las enseñanzas de Arrio, Arrio fue un presbítero de Alejandría del siglo IV, que generaron una de las controversias teológicas más significativas en la historia temprana del cristianismo, quien negaba la divinidad plena de Jesús.

Basilio y Gregorio, con su sabiduría y profunda fe, fueron instrumentales en la afirmación de la creencia de que Jesucristo es verdaderamente Dios y verdaderamente humano, una doctrina central para el cristianismo. Su empeño en defender esta verdad ayudó a guiar a la Iglesia a una comprensión más clara de quién es Jesús y cómo se relaciona con Dios Padre y el Espíritu Santo, formando así la base de lo que conocemos hoy como la doctrina de la Trinidad.

En la reflexión sobre este pasaje y la memoria de estos santos doctores de la Iglesia, podemos encontrar una llamada a la humildad y al servicio. Juan el Bautista, Basilio y Gregorio nos enseñan que el camino espiritual no se trata de engrandecernos a nosotros mismos, sino de señalar hacia algo, o alguien, mayor. En sus vidas y enseñanzas, resuena la idea de que nuestro rol es ser una “voz que clama en el desierto”, preparando el camino para la verdad divina.

La humildad de Juan el Bautista, al reconocer que no era el Cristo, nos recuerda la importancia de conocer nuestro lugar en el gran diseño de Dios. Hoy cuando la autoafirmación y el individualismo prevalecen, la figura de Juan nos invita a reflexionar sobre la importancia de ser puentes hacia lo trascendental, en lugar de fines en nosotros mismos.

La herencia teológica de Basilio y Gregorio, por su parte, nos impulsa a buscar una comprensión más profunda de nuestra fe. Ellos no solo se enfrentaron a desafíos doctrinales, sino que también vivieron vidas de profunda espiritualidad y compromiso con los demás, mostrando que la teología y la práctica espiritual van de la mano.

En conclusión, este pasaje evangélico y la memoria de estos grandes doctores de la Iglesia nos invitan a meditar sobre nuestro papel en la preparación del camino para lo divino en nuestras vidas. Nos recuerdan que somos llamados a ser voces en el desierto, señalando siempre hacia algo más grande que nosotros mismos: la verdad y el amor de Dios.




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