Concluye la Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos con una solemne misa presidida por el Papa Francisco, en la que ha recordado a los participantes que la mayor reforma de la Iglesia es “adorar a Dios y amar a los hermanos con su mismo amor” y les pide luchar siempre contra las idolatrías: “Estemos vigilantes, no vaya a ser que nos pongamos nosotros mismos en el centro, en lugar de poner a Dios”.

Mireia Bonilla – Ciudad del Vaticano

La Asamblea general ordinaria del Sínodo de los Obispos ha llegado a su tramo final del camino, en el que el “principio y fundamento” ha sido el de “amar a Dios con toda la vida y amar al prójimo como a nosotros mismos”. “No nuestras estrategias, no los cálculos humanos, no las modas del mundo, sino amar a Dios y al prójimo; ese es el centro de todo” ha dicho el Papa a los cardenales, obispos y sacerdotes, religiosas y religiosos presentes en la misa.

Francisco ha querido reflexionar sobre dos verbos o – como ha dicho – dos movimientos del corazón: adorar y servir.

El primer verbo es adorar: Amar es adorar

“La adoración es la primera respuesta que podemos ofrecer al amor gratuito, al amor sorprendente de Dios”. El Papa ha explicado que el asombro de la adoración “es esencial en la Iglesia” y que “adorar” significa “reconocer en la fe que sólo Dios es el Señor y que de la ternura de su amor dependen nuestras vidas, el camino de la Iglesia y los destinos de la historia”.

Según el Papa, al adorarlo, redescubrimos que somos libres: “Por eso el amor al Señor en la Escritura con frecuencia está asociado a la lucha contra toda idolatría. Quien adora a Dios rechaza a los ídolos porque Dios libera, mientras que los ídolos esclavizan, nos engañan y nunca realizan aquello que prometen, porque son “obra de las manos de los hombres””. Por tanto, el Papa pide “luchar siempre contra las idolatrías” tanto las mundanas, que a menudo proceden de la vanagloria personal — como el ansia de éxito, la autoafirmación a toda costa, la avidez del dinero (el diablo entra por los bolsillos no lo olvidesmos), la seducción del carrerismo —, como las idolatrías disfrazadas de espiritualidad: mis ideas religiosas, mis habilidades pastorales. “Estemos vigilantes, no vaya a ser que nos pongamos nosotros mismos en el centro, en lugar de poner a Dios” ha advertido el Papa.

El riesgo de pensar que podemos “controlar a Dios”

El Pontífice propone ante los presentes una situación que a veces puede pasarnos: la de decepcionarnos con Dios con frases como: “me esperaba esto, me imaginaba que Dios se comportaría así, pero me he equivocado”. Francisco es claro: “de esta manera volvemos a recorrer el sendero de la idolatría, pretendiendo que el Señor actúe según la imagen que nos hemos hecho de él. Es un riesgo que podemos correr siempre: pensar que podemos controlar a Dios, encerrando su amor en nuestros esquemas; en cambio, su obrar es siempre impredecible, y por eso requiere asombro y adoración”.

El segundo verbo es servir: Amar es servir

Después de hablar de la importancia de la adoración, el Santo Padre se dirige una vez más a los participantes del Sínodo para explicarles que, aunque tengan realmente muchas ideas hermosas para reformar la Iglesia, la mayor e incesante reforma es: “adorar a Dios y amar a los hermanos con su mismo amor”. El Papa les ha pedido ser una Iglesia adoradora y de servicio: “que lava los pies a la humanidad herida, que acompaña el camino de los frágiles, los débiles y los descartados, que sale con ternura al encuentro de los más pobres”.

Es un pecado grave explotar a los más débiles

Por último, el Papa dirige un pensamiento especial en aquellos que son víctimas de las atrocidades de la guerra, en los migrantes, en el dolor escondido de quienes se encuentran solos y en condiciones de pobreza, en quienes están aplastados por el peso de la vida y en quienes no tienen más lágrimas ni voz.

“Cuántas veces, detrás de hermosas palabras y persuasivas promesas, se fomentan formas de explotación o no se hace nada para impedirlas. Es un pecado grave explotar a los más débiles, un pecado grave que corroe la fraternidad y devasta la sociedad. Nosotros, discípulos de Jesús, queremos llevar al mundo otro fermento, el del Evangelio. Dios en el centro y junto a Él aquellos que Él prefiere, los pobres y los débiles.”

Por tanto, el Papa recuerda que la Iglesia que estamos llamados a soñar es “servidora de todos” y “no exige nunca un expediente de “buena conducta”, sino que acoge, sirve, ama”. “Una Iglesia con las puertas abiertas que sea puerto de misericordia” ha concluido.

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