Primera lectura María, trono de la Sabiduría Lectura del libro del Eclesiástico 24, 1-4. 8-12. 19-22 La sabiduría hace su propia alabanza, encuentra su honor en Dios y se gloría en medio de su pueblo. En la asamblea del Altísimo abre su boca y se gloría ante el Poderoso: «Yo salí de la boca del Altísimo, primogénita de todas las criaturas. He hecho surgir una luz perpetua en el cielo y como niebla cubrí la tierra. Puse mi tienda en las alturas, y mi trono era una columna de nube. El Creador del universo me dio una orden, el que me había creado estableció mi morada y me dijo: “Pon tu tienda en Jacob, y fija tu heredad en Israel”. Desde el principio, antes de los siglos, me creó, y nunca jamás dejaré de existir. Ejercí mi ministerio en la Tienda santa delante de él, y así me establecí en Sion. En la ciudad amada encontré descanso, y en Jerusalén reside mi poder. Arraigué en un pueblo glorioso, en la porción del Señor, en su heredad. He fijado mi morada en la asamblea de los santos. Venid a mí los que me deseáis, y saciaos de mis frutos. Pues mi recuerdo es más dulce que la miel, y mi heredad más dulce que los panales, y mi recuerdo permanece por los siglos. Los que me comen todavía tendrán hambre, y los que me beben todavía tendrán sed. Quien me obedece no pasará vergüenza, y los que se ocupan de mí …

Primera lectura

María, trono de la Sabiduría

Lectura del libro del Eclesiástico 24, 1-4. 8-12. 19-22

La sabiduría hace su propia alabanza, encuentra su honor en Dios y se gloría en medio de su pueblo.

En la asamblea del Altísimo abre su boca y se gloría ante el Poderoso:

«Yo salí de la boca del Altísimo, primogénita de todas las criaturas.

He hecho surgir una luz perpetua en el cielo y como niebla cubrí la tierra.

Puse mi tienda en las alturas, y mi trono era una columna de nube.

El Creador del universo me dio una orden, el que me había creado estableció mi morada y me dijo: “Pon tu tienda en Jacob, y fija tu heredad en Israel”.

Desde el principio, antes de los siglos, me creó, y nunca jamás dejaré de existir.

Ejercí mi ministerio en la Tienda santa delante de él, y así me establecí en Sion.

En la ciudad amada encontré descanso, y en Jerusalén reside mi poder.

Arraigué en un pueblo glorioso, en la porción del Señor, en su heredad.

He fijado mi morada en la asamblea de los santos.

Venid a mí los que me deseáis, y saciaos de mis frutos.

Pues mi recuerdo es más dulce que la miel, y mi heredad más dulce que los panales, y mi recuerdo permanece por los siglos.

Los que me comen todavía tendrán hambre, y los que me beben todavía tendrán sed.

Quien me obedece no pasará vergüenza, y los que se ocupan de mí no pecarán».

Palabra de Dios.

Salmo responsorial

1 Sam 2, 1. 4-5. 6-7. 8abcd

R/. Mi corazón se regocija en el Señor, mi salvador.

Mi corazón se regocija en el Señor,
mi poder se exalta por Dios.
Mi boca se ríe de mis enemigos,
porque gozo con tu salvación. R/.

Se rompen los arcos de los valientes,
mientras los cobardes se ciñen de valor.
Los hartos se contratan por el pan,
mientras los hambrientos engordan;
la mujer estéril da a luz siete hijos,
mientras la madre de muchos queda baldía. R/.

El Señor da la muerte y la vida,
hunde en el abismo y levanta;
da la pobreza y la riqueza,
humilla y enaltece. R/.

Él levanta del polvo al desvalido,
alza de la basura al pobre,
para hacer que se siente entre príncipes
y que herede un trono de gloria. R/.

Segunda lectura

Envió Dios a su Hijo, nacido de mujer

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Gálatas 4, 4-7

Hermanos:

Cuando llegó la plenitud del tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estaban bajo la ley, para que recibiéramos la adopción filial.

Como sois hijos, Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama: «¡“Abba”, Padre!». Así que ya no eres esclavo, sino hijo; y si eres hijo, eres también heredero por voluntad de Dios.

Palabra de Dios.

Aleluya

R/. Aleluya, aleluya, aleluya.

Dichosa es la bienaventurada Virgen María, que, sin morir, mereció la palma del martirio junto a la cruz del Señor. R/.

Evangelio

Ahí tienes a tu hijo. Ahí tienes a tu madre

Lectura del santo Evangelio según san Juan 19, 25-27

En aquel tiempo, junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María, la de Cleofás, y María, la Magdalena.

Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo al que amaba, dijo a su madre:

«Mujer, ahí tienes a tu hijo».

Luego, dijo al discípulo:

«Ahí tienes a tu madre».

Y desde aquella hora, el discípulo la recibió como algo propio.

Palabra del Señor.

Gloria a ti, Señor Jesús.

Reflexión

En el Evangelio según san Juan, capítulo 19, versículos 25 al 27, Jesús está crucificado y María permanece junto a él. En medio del sufrimiento, el Señor mira a su madre y al discípulo amado, y les dice: «Ahí tienes a tu hijo» y «Ahí tienes a tu madre». No se trata únicamente de resolver quién cuidará de María: Jesús está formando una nueva familia nacida al pie de la cruz.

María no aparece pronunciando discursos ni tratando de explicar lo que sucede. Permanece allí. No puede detener la violencia ni quitarle el dolor a su Hijo, pero tampoco lo abandona. Su presencia enseña que acompañar a una persona en sus horas más duras también es una forma profunda de amar.

Jesús entrega su madre al discípulo y, en él, a toda la comunidad cristiana. Desde entonces, María no pertenece únicamente al recuerdo de Nazaret o de Belén. Es madre de quienes siguen a Cristo, especialmente cuando llegan la angustia, la soledad y esas situaciones que no tienen una respuesta fácil.

Este domingo, Costa Rica honra a Nuestra Señora de los Ángeles. Es una celebración profundamente arraigada en nuestra historia, pero la devoción no puede reducirse a una imagen, una promesa o una caminata hasta Cartago. Sería contradictorio recorrer kilómetros para visitar a la Virgen y luego pasar indiferentes junto a una persona enferma, pobre, migrante, anciana o abandonada.

María estuvo del lado del condenado, no del lado de quienes gritaban ni de quienes utilizaron el poder para destruirlo. Por eso, honrarla también exige defender la dignidad humana, acompañar al que sufre y no guardar silencio cuando alguien es maltratado. La devoción que no toca nuestra manera de tratar a los demás puede tener mucha emoción, pero muy poco Evangelio.

El discípulo recibió a María «como algo propio». Recibirla significa permitir que su manera de creer entre en nuestra vida: una fe sencilla, firme y capaz de permanecer cuando todo parece perdido. Ella no ocupa el lugar de Jesús ni busca desplazarlo; nos enseña a escucharlo, seguirlo y permanecer cerca de quienes cargan su propia cruz.

Benedicto XVI recordaba que María siempre conduce hacia Cristo. Celebrar a la Reina de los Ángeles significa aprender de ella a servir sin buscar privilegios, a sostener al caído y a construir una Costa Rica donde nadie sea tratado como sobrante. Esa sería una verdadera ofrenda a nuestra patrona: menos devoción de apariencia y más amor convertido en hechos.

Que Dios les bendiga, les acompañe y les proteja.

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