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junio 5, 2024 in Evangelios

Evangelio del 5 de junio del 2024

Memoria de San Bonifacio, obispo y mártir

Lectionary: 355

Primera lectura

2 Tm 1, 1-3. 6-12
Pablo, apóstol de Jesucristo por voluntad de Dios, conforme a la promesa de vida que hay en Cristo Jesús, a Timoteo, hijo querido. Te deseo la gracia, la misericordia y la paz de Dios Padre y de Cristo Jesús, Señor nuestro.

Cuando de noche y de día te recuerdo en mis oraciones, le doy gracias a Dios, a quien sirvo con una conciencia pura, como lo aprendí de mis antepasados.

Por eso te recomiendo que reavives el don de Dios que recibiste cuando te impuse las manos. Porque el Señor no nos ha dado un espíritu de temor, sino de fortaleza, de amor y de moderación. No te avergüences, pues, de dar testimonio de nuestro Señor, ni te avergüences de mí, que estoy preso por su causa. Al contrario, comparte conmigo los sufrimientos por la predicación del Evangelio, sostenido por la fuerza de Dios. El nos ha salvado y nos ha llamado a llevar una vida santa, no por nuestros méritos, sino por su propia determinación y por la gracia que nos ha sido dada, en Cristo Jesús, desde toda la eternidad. Esta gracia es la que se ha manifestado ahora con el advenimiento de nuestro salvador, Jesucristo, quien ha destruido la muerte e irradiado la vida y la inmortalidad por medio del Evangelio, del que he sido nombrado predicador, apóstol y maestro.

Por este motivo soporto esta prisión, pero no me da vergüenza, porque sé en quién he puesto mi confianza, y estoy seguro de que él con su poder cuidará, hasta el último día, lo que me ha encomendado.

Salmo Responsorial

Salmo 122, 1-2a. 2bcd

R. (1a) En ti, Señor, tengo fijos mis ojos.
En ti, Señor, que habitas en lo alto,
fijos los ojos tengo,
como fijan sus ojos en las manos
de su señor, los siervos.
R. En ti, Señor, tengo fijos mis ojos.
Así como la esclava en su señora
tiene fijo los ojos
fijos están en el Señor los nuestros
hasta que Dios se apiade de nosotros.
R. En ti, Señor, tengo fijos mis ojos.

Aclamación antes del Evangelio

Jn 11, 25. 26
R. Aleluya, aleluya.
Yo soy la resurrección y la vida, dice el Señor;
el que cree en mí no morirá para siempre.
R. Aleluya.

Evangelio

Mc 12, 18-27
En aquel tiempo, fueron a ver a Jesús algunos de los saduceos, los cuales afirman que los muertos no resucitan, y le dijeron: “Maestro, Moisés nos dejó escrito que si un hombre muere dejando a su viuda sin hijos, que la tome por mujer el hermano del que murió, para darle descendencia a su hermano. Había una vez siete hermanos, el primero de los cuales se casó y murió sin dejar hijos. El segundo se casó con la viuda y murió también, sin dejar hijos; lo mismo el tercero. Los siete se casaron con ella y ninguno de ellos dejó descendencia. Por último, después de todos, murió también la mujer. El día de la resurrección, cuando resuciten de entre los muertos, ¿de cuál de los siete será mujer? Porque fue mujer de los siete”.

Jesús les contestó: “Están en un error, porque no entienden las Escrituras ni el poder de Dios. Pues cuando resuciten de entre los muertos, ni los hombres tendrán mujer ni las mujeres marido, sino que serán como los ángeles del cielo. Y en cuanto al hecho de que los muertos resucitan, ¿acaso no han leído en el libro de Moisés aquel pasaje de la zarza, en que Dios le dijo: Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob? Dios no es Dios de muertos, sino de vivos. Están, pues, muy equivocados”.

Reflexión

Hoy reflexionamos sobre Marcos 12, 18-27 Jesús se encuentra enseñando en el templo cuando los saduceos, un grupo religioso y político que no creía en la resurrección de los muertos, se le acercan con una pregunta trampa. Ellos presentan un escenario hipotético basado en la ley del levirato, una práctica del Antiguo Testamento en la cual, si un hombre moría sin dejar hijos, su hermano debía casarse con la viuda para asegurar la continuidad del linaje familiar. Los saduceos utilizan esta ley para intentar ridiculizar la creencia en la resurrección, presentando un caso extremo de una mujer que se casa sucesivamente con siete hermanos, preguntando a Jesús de quién será esposa en la resurrección.

En su respuesta, Jesús corrige la comprensión limitada de los saduceos sobre la vida después de la muerte, y reafirma la doctrina de la resurrección. Él explica que en la resurrección, las relaciones humanas no funcionarán de la misma manera que en la vida terrenal; los resucitados serán como los ángeles en el cielo, sin necesidad de matrimonio. Además, Jesús les recuerda que Dios es el Dios de los vivos, no de los muertos. 

En nuestras vidas, a menudo nos enfrentamos a preguntas complejas sobre el futuro, especialmente sobre lo que sucede después de la muerte. La pregunta de los saduceos a Jesús sobre la resurrección y el matrimonio nos invita a reflexionar sobre nuestras preocupaciones terrenales y eternas.

Jesús nos recuerda que en la vida eterna, las relaciones y estructuras que conocemos no serán las mismas. Esto nos desafía a repensar cómo valoramos y priorizamos nuestras conexiones aquí en la Tierra. En nuestro día a día, podemos estar muy enfocados en nuestras responsabilidades familiares y sociales, lo cual es importante, pero también debemos recordar que hay un propósito mayor y una vida más allá de esta.

Por ejemplo, en nuestras relaciones, ya sea con amigos, familiares o colegas, a menudo nos encontramos atrapados en conflictos o preocupaciones triviales. La enseñanza de Jesús nos invita a ver más allá de estos problemas temporales y a valorar las cualidades eternas como el amor, la compasión y la fidelidad. Nos recuerda que nuestras acciones y decisiones deben estar guiadas por valores que trascienden el tiempo y las circunstancias.

Mientras navegamos por nuestras responsabilidades diarias, pensemos en cómo nuestras acciones pueden reflejar una visión  eterna. Cultivemos relaciones basadas en el amor y la comprensión, y enfrentemos los desafíos con una esperanza firme en la vida eterna. Al hacerlo, no solo encontraremos más paz en nuestras vidas, sino que también estaremos viviendo de acuerdo con la enseñanza de Jesús sobre el verdadero propósito y la esperanza que nos ofrece la resurrección.




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