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octubre 9, 2023 in Evangelios

Lecturas del día 11 de octubre de 2023

Primera lectura

Jon 4, 1-11
Jonás se disgustó mucho de que Dios no hubiera castigado a los habitantes de Nínive, e irritado, oró al Señor en estos términos: “Señor, esto es lo que yo me temía cuando estaba en mi tierra, y por eso me di prisa en huir a Tarsis. Bien sabía yo que tú eres un Dios clemente y compasivo, lleno de paciencia y de misericordia, siempre dispuesto a perdonar. Ahora, Señor, quítame la vida, pues prefiero morir a vivir”. Pero el Señor le respondió: “¿Crees que hay motivo para que te enojes?”

Jonás salió de Nínive y acampó al oriente de la ciudad. Allí construyó una enramada y se sentó a su sombra, para ver qué pasaba con Nínive. Entonces, el Señor Dios hizo nacer una hiedra, que creció tan tupida, que le daba sombra y lo resguardaba del ardor del sol. Jonás se puso muy contento por la hiedra.

Pero al día siguiente, al amanecer, el Señor envió un gusano, el cual dañó la hiedra, que se secó. Y cuando el sol ya quemaba, el Señor envió un viento caliente y abrasador; el sol le daba a Jonás en la cabeza y lo hacía desfallecer. Entonces Jonás deseó morir y dijo: “Prefiero morir a vivir”.

Entonces el Señor le dijo a Jonás: “¿Crees que hay motivo para que te enojes así por la hiedra?” Contestó él: “Sí, y tanto, que quisiera morirme”. Le respondió el Señor: “Tú estás triste por una hiedra que no cultivaste con tu trabajo, que nace una noche y perece la otra. Y yo, ¿no voy a tener lástima de Nínive, la gran ciudad, en donde viven más de ciento veinte mil seres humanos que no son responsables y gran cantidad de ganado?”.

Salmo Responsorial

Salmo 85, 3-4. 5-6. 9-10
R. (15b) Tú, Señor, eres bueno y clemente.
Ten compasión de mí,
pues clamo a ti, Dios mío, todo el día,
y ya que a ti, Señor, levanto el alma,
llena a este siervo tuyo de alegría.
R. Tú, Señor, eres bueno y clemente.
Puesto que eres , Señor, bueno y clemente,
y todo amor con quien tu nombre invoca,
escucha mi oración
y a mi súplica da respuesta pronta.
R. Tú, Señor, eres bueno y clemente.
Dios entrañablemente compasivo,
todo amor y lealtad, lento a la cólera,
ten compasión de mí,
pues clamo a ti, Señor, a toda hora.
R. Tú, Señor, eres bueno y clemente.

Aclamación antes del Evangelio

Rom 8, 15
R. Aleluya, aleluya.
Hemos recibido un espíritu de hijos,
que nos hace exclamar: ¡Padre!
R. Aleluya.

Evangelio

Lc 11, 1-4
Un día, Jesús estaba orando y cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: “Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos”.

Entonces Jesús les dijo: “Cuando oren, digan:
Padre, santificado sea tu nombre,
venga tu Reino,
danos hoy nuestro pan de cada día
y perdona nuestras ofensas,
puesto que también nosotros perdonamos
a todo aquel que nos ofende,
y no nos dejes caer en tentación”.

Palabra de Dios, te alabamos Señor.

Reflexión

Jonás fue un profeta que posiblemente vivió durante el reinado de Jeroboán II prediciendo la unificación del reino de Israel. El libro de Jonás, cuyo autor se desconoce, es un relato, una narración con una finalidad didáctica, escrito a modo de parábola.

El texto que reflexionamos hoy es la última parte de las cuatro en las que se compone el libro.

Es interesante ver en los textos precedentes, cómo Jonás trata de eludir la orden que recibe del Señor: Vete a Nínive y predica la conversión de sus habitantes. Pero esta propuesta no está de acuerdo con el modo de pensar y de sentir del profeta. Consecuente con esto toma una dirección contraria a la indicada por el Señor, Tarsis. Lo que le dolía a Jonás era pensar que el Señor pudiera ofrecer su Amor y misericordia a una ciudad que, además de pecadora era enemiga de Israel.

Y precisamente a esa ciudad, Nínive, el Señor le envía a él, a Jonás. Pero Dios, a pesar de la primera desobediencia del profeta, le vuelve a hablar a través de diferentes acontecimientos y Jonás acepta por fin ir a Nínive,  no anuncia a la ciudad el perdón de Dios sino el castigo de Dios si no se convierten.

Se que eres un Dios benévolo y compasivo

Los ninivitas se convierten al oír la predicación de Jonás. Y aquí comienza nuestro texto.

El capítulo 4 nos presenta a un Jonás muy enfadado que, desde su enojo, se dirige al Señor con una bonita oración “yo sé que eres un Dios benévolo y compasivo, lento para enojarte y lleno de Amor… y precisamente por eso ibas a perdonar a los ninivitas. No me interesa seguir viviendo. Estoy decepcionado.

Y continua el diálogo de Jonás con el Señor. No haces bien en enojarte de esta manera, le dice el Señor, y le va explicando, a través de lo sucedido con el ricino, que mucho más importante y triste que la pérdida del ricino era la pérdida de los hombres de la ciudad de Nínive.

Nos hace una reflexión importante, proclamar el perdón y el amor del Señor a todos los hombres sean o no de los nuestros, y esto debe de ser motivo de alegría, también para Jonás. Termina el texto con una pregunta que podría dirigir a cada uno. ¿no lo comprendes?

Analizando la conducta de Jonás ý siguiendo cada uno nuestra propia historia, es muy posible que no nos cueste mucho descubrir momentos en los que nos sentimos identificados con alguna actitud del profeta.  Momentos en los que hemos intentado cambiar la dirección en nuestra respuesta de creyentes, desobedeciendo lo que Dios y nuestra conciencia nos indicaba.

También posible que, hayamos sentido alguna vez, más enfado que alegría, por entender que la Iglesia se muestra acogedora con los “otros”, capaz de ofrecer su perdón.

Una bella lección de Dios a través del libro de Jonás, una más. Ese Dios percibido como lleno de Amor, compasión y misericordia hacia la humanidad, que ofrece su perdón a todos los hombres, y apunta hacia  la  universalidad de la Iglesia.

¡Padre Nuestro!

Mi reflexión la voy a hacer de una manera global, no fijándome en invocación y peticiones de las que se compone el Padre nuestro. Son muchos los autores que han desarrollado cada una de las peticiones del Padre nuestro, y pueden servirnos a modo de “indicadores” del camino espiritual del cristiano, porque “es el resumen de todo el evangelio”, y, escribe Santo Tomas de Aquino, “la más perfecta de las oraciones”

Jesús, a lo largo su vida y actividad, nos ha dejado claro, la importancia que en su vida daba a la oración, a sus diálogos con el Padre. Y también algún aviso sobre el exceso de actividad: “Marta, Marta…”

Empieza el texto de Lucas “estaba Jesús orando en cierto lugar” (cf. Mt 6,5-15)

Los discípulos han captado la importancia que para Jesús tiene los ratos de oración y le piden que les enseñe a orar. Señor, ¡enséñanos a orar! También puede ser nuestra súplica hoy y siempre. Aunque hayamos recitado una y mil veces el Padre nuestro. Señor, enséñanos a orar.

El comienzo de la oración es tan fuerte, diríamos hoy, que Santa Teresa decía que, con frecuencia, quedaba extasiada ante la inmensidad y el amor que encerraba su comienzo ¡Padre! Si continuamos, sin rutina, con la palabra siguiente, Nuestro, sentiremos una llamada, cada vez que lo rezamos, a revisar nuestro compromiso de crear fraternidad y sentirnos de verdad hermanos. Una llamada a revisar nuestras pequeñas fragilidades en orden a construir fraternidad para hacer posible su Reino, la Buena Noticia del Evangelio.

Y como nos sentimos frágiles pedimos su Pan, su Gracia, las cosas necesarias para nosotros y la humanidad. Nuestra petición a Dios se hace compromiso para nosotros. Compromiso para vivir aquello que expresamos como petición.

Somos frágiles, necesitados de su fuerza, de su luz, para no caer en las tentaciones que la vida nos presenta. Y necesitados también de su misericordia y perdón.

Señor, enséñanos a orar y danos tu Gracia para vivir el Padre nuestro.




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