En su homilía el Pontífice recordando el Evangelio de hoy, cuando los reyes Magos preguntan «¿Dónde está el […] que acaba de nacer?», nos cuestiona a cada uno sobre el lugar donde podemos encontrar a nuestro Señor.

Patricia Ynestroza, Ciudad del Vaticano

«El camino de la fe comienza con la gracia de Dios -dijo Francisco- dando espacio a la inquietud que nos mantiene despiertos; cuando nos dejamos interrogar, cuando no nos conformamos con la tranquilidad de nuestros hábitos, sino que nos arriesgamos en los desafíos de cada día. Cuando dejamos de ser neutrales -afirmó- y comenzamos a vivir en “los espacios incómodos de la vida, hechos de relaciones con los demás, de sorpresas, de imprevistos, de proyectos que sacar adelante, de sueños que realizar, de miedos que afrontar, de sufrimientos que hieren la carne”.

En esos momentos, que nos surgen preguntas irreprimibles, que nos abren a la búsqueda de Dios, señaló Francisco: ¿Dónde está la felicidad para mí? ¿Dónde está la vida plena a la que aspiro? ¿Dónde se encuentra ese amor que no pasa, que no tiene ocaso, que no se rompe ni siquiera ante la fragilidad, los fracasos o las traiciones? ¿Cuáles son las oportunidades escondidas dentro de mis crisis y mis sufrimientos?

Si no llevamos un camino continuo y un diálogo constante con el Señor, aseveró Francisco, sin la escucha de la Palabra, sin la perseverancia, no se puede crecer. Una mera noción de Dios y alguna oración que calma la conciencia no son suficientes; es necesario -señaló- hacerse discípulos que siguen a Jesús y su Evangelio, hablarlo todo con Él en la oración, buscarlo en las situaciones cotidianas y en el rostro de los hermanos.

«¿Dónde está el […] que acaba de nacer?»

“Jesús, como una estrella que se eleva (cf. Nm 24,17), viene a iluminar a todos los pueblos y a alumbrar las noches de la humanidad. Junto con los Magos, hoy también nosotros, alzando la mirada al cielo, nos preguntamos: «¿Dónde está el […] que acaba de nacer?» (Mt 2,2). Es decir, ¿cuál es el lugar en el que podemos encontrar a nuestro Señor?”

Y nos responde, que, de la experiencia de los Magos, comprendemos que el primer “lugar” donde Él quiere ser buscado es en la inquietud de las preguntas. Estos “sabios de Oriente” nos enseñan, con su aventura, que la fe no nace de nuestros méritos o de razonamientos teóricos, sino que es don de Dios.

“Su gracia nos ayuda a despertarnos de la apatía y a hacer espacio a las preguntas importantes de la vida, preguntas que nos hacen salir de la presunción de estar bien y nos abren a aquello que nos supera”.

Y es esto lo que se aprecia en los Magos, afirmó el Pontífice, la inquietud de quien se interroga: “Llenos de una ardiente nostalgia de infinito, escrutan el cielo y se dejan asombrar por el fulgor de una estrella, representando así la tensión hacia lo trascendente, que anima el camino de la civilización y la búsqueda incesante de nuestro corazón. De hecho, aquella estrella deja en sus corazones precisamente una pregunta: ¿Dónde está el que acaba de nacer?”.

El camino de la fe comienza con la gracia de Dios

El camino de la fe comienza con la gracia de Dios -dijo Francisco- dando espacio a la inquietud que nos mantiene despiertos; cuando nos dejamos interrogar, cuando no nos conformamos con la tranquilidad de nuestros hábitos, sino que nos arriesgamos en los desafíos de cada día. Cuando dejamos de ser neutrales, afirmó y comenzamos a vivir en “los espacios incómodos de la vida, hechos de relaciones con los demás, de sorpresas, de imprevistos, de proyectos que sacar adelante, de sueños que realizar, de miedos que afrontar, de sufrimientos que hieren la carne”.

En esos momentos, que nos surgen preguntas irreprimibles, que nos abren a la búsqueda de Dios, señaló Francisco: «¿Dónde está la felicidad para mí? ¿Dónde está la vida plena a la que aspiro? ¿Dónde se encuentra ese amor que no pasa, que no tiene ocaso, que no se rompe ni siquiera ante la fragilidad, los fracasos o las traiciones? ¿Cuáles son las oportunidades escondidas dentro de mis crisis y mis sufrimientos?”

Y cada día, el mundo nos ofrece “tranquilizantes del alma”, sustitutos para sedar nuestra inquietud y apagar esas preguntas, desde los productos del consumismo a las seducciones del placer, desde los debates sensacionalistas hasta la idolatría del bienestar; todo parece decirnos, remarcó Francisco: no pienses mucho, deja que pasen, disfruta la vida.

Dios vive en nuestras preguntas inquietas

“Frecuentemente buscamos acomodar el corazón en la caja fuerte de la comodidad, pero si los Magos hubiesen hecho esto no habrían encontrado nunca al Señor. Dios, sin embargo, vive en nuestras preguntas inquietas; en ellas nosotros «lo buscamos como la noche busca a la aurora […].”

Dios, dijo el Papa Francisco, está en el silencio que nos turba ante la muerte y al final de toda grandeza humana; está en la necesidad de justicia y de amor que llevamos dentro, “es el Misterio santo del Totalmente Otro, nostalgia de justicia perfecta y consumada, de reconciliación, de paz» (C.M. Martini, El jardín interior. Un camino para creyentes y no creyentes, Santander 2017, 26).”

Dios está en el riesgo del camino

Por tanto, este es el primer lugar: la inquietud de las preguntas. El segundo lugar donde podemos encontrar al Señor es el riesgo del camino. Los interrogantes, incluso espirituales, afirmó, si no nos ponemos en camino, si no dirigimos nuestro movimiento interior hacia el rostro de Dios y la belleza de su Palabra, pueden inducirnos a la frustración y a la desolación.

Y recordando unas palabras del recién fallecido Benedicto XVI, que hizo en la homilía en la Epifanía del Señor en el 2013, Francisco dijo que la peregrinación exterior de los Magos, era «expresión de su estar interiormente en camino, de la peregrinación interior de sus corazones».

“Los Magos, en realidad, no se detuvieron a mirar el cielo o a contemplar la luz de la estrella, sino que se aventuraron en un viaje arriesgado, que no preveía caminos seguros ni mapas definidos con antelación. Querían descubrir quién era el Rey de los Judíos, dónde había nacido, dónde podían encontrarlo. Por esto preguntaron a Herodes, quien a su vez convocó a los jefes del pueblo y a los escribas que examinaban las Escrituras. Los Magos estaban en camino; la mayor parte de los verbos que describen sus acciones son verbos de movimiento”.

Hacerse discípulos que siguen a Jesús y su Evangelio

Lo mismo pasa con cada uno de nosotros, con nuestra fe, sin un camino continuo y un diálogo constante con el Señor, aseveró Francisco, sin la escucha de la Palabra, sin la perseverancia, no se puede crecer. Una mera noción de Dios y alguna oración que calma la conciencia no son suficientes; es necesario, hacerse discípulos que siguen a Jesús y su Evangelio, hablarlo todo con Él en la oración, buscarlo en las situaciones cotidianas y en el rostro de los hermanos.

«Desde Abrahán —que se puso en camino hacia una tierra desconocida— hasta los Magos —que siguieron una estrella—, la fe es un camino, una peregrinación, una historia en la que hay que comenzar siempre de nuevo. Recordemos esto: la fe, si permanece estática, no crece; no podemos reducirla a una mera devoción personal o confinarla entre los muros de los templos, sino que es necesario manifestarla, vivirla marchando de forma constante hacia Dios y hacia los hermanos. Preguntémonos: ¿Estoy en camino hacia el Señor de la vida, para que sea el Señor de mi vida? ¿Jesús, quién eres para mí? ¿Dónde quieres que vaya, qué es lo que me pides? ¿Cuáles son las decisiones que me estás invitando a tomar en favor de los demás?»

El asombro de la adoración

Finalmente, señaló Francisco, después de la inquietud de las preguntas el riesgo del camino, el tercer lugar donde hallamos al Señor es el asombro de la adoración.

«Al final de un largo viaje y de una fatigosa búsqueda, los Magos entraron en la casa, «encontraron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron» (Mt 2,11)».

Este es el punto decisivo, remarcó el Papa, nuestras inquietudes, nuestras preguntas, los caminos espirituales y las prácticas de la fe deben converger en la adoración del Señor. Es en la adoración al Señor donde se encuentra la fuente esencial de la que «todo nace»:

«Porque es el Señor quien suscita en nosotros el sentir, el actuar y el obrar. Todo nace y todo culmina allí, porque el final de cada cosa no es alcanzar una meta personal y recibir gloria para nosotros mismos, sino encontrar a Dios y dejarnos abrazar por su amor, que es lo que da fundamento a nuestra esperanza, nos libra del mal, nos abre al amor a los demás y nos hace personas capaces de construir un mundo más justo y fraterno».

Poner a Jesús al centro

De nada sirve activarnos pastoralmente, dijo Francisco, si no ponemos a Jesús en el centro y lo adoramos. Poniéndonos delante de Dios, en silencio, abandonándonos a su amor, dejándonos aferrar y regenerar por su misericordia. No sólo activarnos para pedirle algo a Dios.

«Como los Magos, postrémonos, rindámonos ante Dios en el asombro de la adoración. Adoremos a Dios y no a nuestro yo; adoremos a Dios para no inclinarnos ante las cosas que pasan ni ante las lógicas seductoras y vacías del mal».

Por último, el Pontífice pidió a todos que no dejemos que se apague en nosotros la inquietud de las preguntas, no detengamos nuestro caminar cediendo a la apatía o a la comodidad; y que nos rindamos, encontrándonos con el Señor, al asombro de la adoración.

«Entonces descubriremos que una luz ilumina también las noches más oscuras, es Jesús, la estrella radiante de la mañana, el sol de justicia, el fulgor misericordioso de Dios, que ama a todos los hombres y a todos los pueblos de la tierra».

Deja una respuesta