Evangelio del 28 de noviembre, 2024 según Lucas 21, 20-28
Jueves de la XXXIV Semana del Tiempo ordinario
Lectionary: 506
Primera lectura
Yo, Juan, vi un ángel que bajaba del cielo. Su poder era inmenso y con resplandor iluminó la tierra. Gritó con voz potente y dijo:
“Ha caído ya la gran Babilonia
y ha quedado convertida en morada de demonios,
en guarida de toda clase de espíritus impuros,
en escondrijo de aves inmundas y repugnantes”.
Otro ángel poderoso levantó una piedra del tamaño de una rueda de molino y la arrojó al mar, diciendo:
“Con esta misma violencia será arrojada Babilonia, la gran ciudad,
y desaparecerá para siempre.
Ya no se volverán a escuchar en ti
ni cantos ni cítaras, ni flautas ni trompetas.
Ya no habrá jamás en ti artesanos de ningún oficio,
ni se escuchará más el ruido de la piedra de molino;
ya no brillarán en ti las luces de las lámparas
ni volverá a escucharse en ti el bullicio de las bodas.
Esto sucederá porque tus comerciantes llegaron a dominar la tierra
y tú, con tus brujerías, sedujiste a todas las naciones’’.
Después de esto oí algo así como una inmensa multitud que cantaba en el cielo:
“¡Aleluya!
La salvación, la gloria y el poder pertenecen a nuestro Dios,
porque sus sentencias son legítimas y justas.
Él ha condenado a la gran prostituta,
que corrompía a la tierra con su fornicación
y le ha pedido cuentas de la sangre de sus siervos”.
Y por segunda vez todos cantaron:
“¡Aleluya!
El humo del incendio de la gran ciudad
se eleva por los siglos de los siglos”.
Entonces un ángel me dijo: “Escribe: ‘Dichosos los invitados al banquete de bodas del Cordero’ ”.
Salmo Responsorial
R. Dichosos los invitados al banquete del Señor.
Alabemos a Dios todos los hombres,
sirvamos al Señor con alegría
y con júbilo entremos en su templo. R.
R. Dichosos los invitados al banquete del Señor.
Reconozcamos que el Señor es Dios,
que él fue quien nos hizo y somos suyos,
que somos su pueblo y su rebaño. R.
R. Dichosos los invitados al banquete del Señor.
Entremos por sus puertas dando gracias,
crucemos por sus atrios entre himnos,
alabando al Señor y bendiciéndolo.
R. Dichosos los invitados al banquete del Señor.
Porque el Señor es bueno, bendigámoslo,
Porque es eterna su misericordia
y su fidelidad nunca se acaba. R.
R. Dichosos los invitados al banquete del Señor.
Aclamación antes del Evangelio
R. Aleluya, aleluya.
Estén atentos y levanten la cabeza,
porque se acerca la hora de su liberación, dice el Señor.
R. Aleluya.
Evangelio
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Cuando vean a Jerusalén sitiada por un ejército, sepan que se aproxima su destrucción. Entonces, los que estén en Judea, que huyan a los montes; los que estén en la ciudad, que se alejen de ella; los que estén en el campo, que no vuelvan a la ciudad; porque esos días serán de castigo para que se cumpla todo lo que está escrito.
¡Pobres de las que estén embarazadas y de las que estén criando en aquellos días! Porque vendrá una gran calamidad sobre el país y el castigo de Dios se descargará contra este pueblo. Caerán al filo de la espada, serán llevados cautivos a todas las naciones y Jerusalén será pisoteada por los paganos, hasta que se cumpla el plazo que Dios les ha señalado.
Habrá señales prodigiosas en el sol, en la luna y en las estrellas. En la tierra las naciones se llenarán de angustia y de miedo por el estruendo de las olas del mar; la gente se morirá de terror y de angustiosa espera por las cosas que vendrán sobre el mundo, pues hasta las estrellas se bambolearán. Entonces verán venir al Hijo del hombre en una nube, con gran poder y majestad. Cuando estas cosas comiencen a suceder, pongan atención y levanten la cabeza, porque se acerca la hora de su liberación’’.
Reflexión
El evangelio de hoy presenta una descripción impactante de los acontecimientos finales: la caída de Jerusalén y los signos cósmicos que anuncian el regreso del Hijo del Hombre. Las palabras de Jesús no buscan asustar, sino preparar a sus discípulos para que vivan con esperanza y confianza, incluso en medio de las situaciones más desafiantes.
Jesús habla de la destrucción de Jerusalén, un evento que representa no solo el juicio de Dios, sino también la fragilidad de las obras humanas cuando se apartan de su propósito divino. Este episodio histórico nos recuerda que nada de lo creado está destinado a durar para siempre, salvo aquello que se fundamenta en el amor y la fidelidad a Dios.
Los signos en el cielo y la angustia de las naciones reflejan la desorientación de quienes han puesto su confianza en las cosas de este mundo. Sin embargo, Jesús no se detiene en los detalles catastróficos; su mensaje principal es de esperanza. “Cuando estas cosas comiencen a suceder, erguíos y levantad la cabeza, porque vuestra liberación está cerca.” Con estas palabras, nos anima a mirar más allá de las circunstancias presentes y a esperar con confianza el cumplimiento de las promesas de Dios.
El pasaje nos llama a vivir con los ojos puestos en la eternidad, recordándonos que nuestra meta no es este mundo, sino el encuentro definitivo con el Señor. Los desafíos de la vida no deben ser motivo de desesperación, sino oportunidades para fortalecer nuestra fe y caminar con mayor decisión hacia la plenitud que Él nos ofrece. Que cada día, nuestras acciones reflejen la certeza de que Cristo es el centro de nuestra esperanza y la razón de nuestra alegría.
Deja una respuesta