Publicaciones Diarias

junio 21, 2024 in Evangelios

Evangelio del 21 de junio del 2021

Memoria de San Luis Gonzaga, religioso

Lectionary: 369

Primera lectura

2 Reyes 11, 1-4. 9-18. 20
Por aquel entonces, Atalía, madre del rey Ocozías, viendo que había muerto su hijo, decidió exterminar a toda la familia real. Pero Yehosebá, hija del rey Joram y hermana de Ocozías, tomó a su sobrino Joás y lo sacó a escondidas de entre los hijos del rey, cuando los estaban asesinando, para ocultarlo de Atalía. Escondió al niño y a su nodriza, y así el niño pudo escapar de la muerte. Seis años estuvo oculto con ella en el templo del Señor, y entre tanto Atalía reinó en el país.

El año séptimo, el sacerdote Yehoyadá mandó llamar a los oficiales del ejército y a los soldados de éstos, los introdujo en el templo del Señor, les mostró al hijo del rey e hizo con ellos un pacto con juramento, de cuidar al hijo del rey.

Los oficiales cumplieron el pacto que habían hecho con el sacerdote Yehoyadá. Cada cual se puso al frente de sus hombres, que entraban de guardia el sábado o terminaban su guardia el sábado, y se presentaron ante el sacerdote Yehoyadá. Éste les entregó las lanzas y los escudos del rey David, que estaban en el templo del Señor. Cuando los soldados de la guardia, con las armas en la mano, se pusieron en fila desde el lado sur hasta el lado norte del templo, rodeando el altar, Yehoyadá sacó al hijo del rey, le puso la diadema y las insignias reales y lo ungió. Entonces todos aplaudieron y gritaron: “¡Viva el rey!”

Cuando Atalía escuchó el clamor popular, fue al templo del Señor, donde estaba reunida la gente. Entonces vio al rey, que estaba de pie sobre el estrado, según la costumbre, a los oficiales del ejército y a los heraldos en torno al rey, y a todo el pueblo que daba muestras de gran alegría, mientras sonaban las trompetas. Entonces Atalía rasgó sus vestiduras y gritó: “¡Traición, traición!”

El sacerdote Yehoyadá dio esta orden a los oficiales: “Sáquenla del templo y maten al que la siga”. El sacerdote les había dicho: “No podemos matarla en el templo del Señor”. Así pues, los guardias la llevaron hasta el palacio real y le dieron muerte en la puerta de los caballos.

Entonces el sacerdote Yehoyadá renovó la alianza entre el Señor, el rey y el pueblo, por la cual ellos serían el pueblo del Señor.

Todo el pueblo penetró en el templo de Baal y lo destrozaron; destruyeron completamente el altar y sus estatuas, y a Matán, sacerdote de Baal, le dieron muerte delante del altar.

El sacerdote Yehoyadá puso centinelas en el templo del Señor. Todo el pueblo se llenó de alegría y la ciudad quedó tranquila. Atalía había sido muerta en el palacio real.

Salmo Responsorial

Salmo 131, 11. 12. 13-14. 17-18

R. (13) Dios le dará el trono de su padre David.
Dios prometió a David
–y el Señor no revoca sus promesas–:
“Pondré sobre tu trono
a uno de tu propia descendencia.
R. Dios le dará el trono de su padre David.
Si tus hijos son fieles a mi alianza
y cumplen los mandatos que yo enseñe,
también ocuparán sus hijos,
Tu trono para siempre”.
R. Dios le dará el trono de su padre David.
Esto es así, porque el Señor
ha elegido a Sión como morada:
“Aquí está mi reposo para siempre;
porque así me agradó, será mi casa.
R. Dios le dará el trono de su padre David.
Aquí haré renacer el poder de David
y encenderé una lámpara a mi ungido;
pondré sobre su frente mi diadema
Ignominia daré a sus enemigos.
R. Dios le dará el trono de su padre David.

Aclamación antes del Evangelio

Mt 5, 3
R. Aleluya, aleluya.
Dichosos los pobres de espíritu,
porque de ellos es el Reino de los cielos.
R. Aleluya.

Evangelio

Mt 6, 19-23
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “No acumulen ustedes tesoros en la tierra, donde la polilla y el moho los destruyen, donde los ladrones perforan las paredes y se los roban. Más bien acumulen tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el moho los destruyen, ni hay ladrones que perforen las paredes y se los roben; porque donde está tu tesoro, ahí también está tu corazón.

Tus ojos son la luz de tu cuerpo; de manera que, si tus ojos están sanos, todo tu cuerpo tendrá luz. Pero si tus ojos están enfermos, todo tu cuerpo tendrá oscuridad. Y si lo que en ti debería ser luz, no es más que oscuridad, ¡qué negra no será tu propia oscuridad!”

Reflexión

Este pasaje del Evangelio de Mateo nos invita a reflexionar profundamente sobre nuestras prioridades y valores en la vida. Jesús, con su sabiduría característica, nos plantea una disyuntiva fundamental: ¿dónde depositamos nuestros tesoros? ¿En lo material y efímero, o en lo espiritual y eterno?

La metáfora de los tesoros en la tierra versus los tesoros en el cielo es poderosa y reveladora. Los bienes materiales, por valiosos que sean, están sujetos a la degradación y al robo. La polilla, el moho y los ladrones representan las fuerzas que inevitablemente erosionan nuestras posesiones terrenales. En contraste, los tesoros celestiales —que podemos interpretar como virtudes, actos de amor, fe y servicio a los demás— son imperecederos.

Jesús no condena la posesión de bienes materiales  , sino que nos advierte sobre el peligro de centrar nuestra vida en su acumulación. El verdadero mensaje radica en la priorización de lo que realmente importa: los valores espirituales que enriquecen nuestra alma y benefician a quienes nos rodean.

La frase “donde está tu tesoro, ahí también está tu corazón” es particularmente profunda. Nos invita a examinar honestamente qué es lo que realmente valoramos y perseguimos en la vida. ¿Estamos dedicando nuestra energía y tiempo a acumular riquezas materiales, o estamos invirtiendo en relaciones significativas, en el crecimiento personal y espiritual, y en hacer del mundo un lugar mejor?

La segunda parte del pasaje, que habla sobre los ojos como la luz del cuerpo, añade otra dimensión a esta enseñanza. Los ojos aquí pueden interpretarse como nuestra perspectiva o visión de la vida. Si nuestros “ojos” están sanos —es decir, si nuestra visión está alineada con los valores espirituales— todo nuestro ser estará iluminado. Por el contrario, si nuestra visión está nublada por la codicia o el materialismo, nos sumergiremos en la oscuridad espiritual.

Este evangelio nos desafía a reevaluar nuestras prioridades y a cultivar una visión clara de lo que realmente importa en la vida. Nos motiva a buscar una riqueza que trascienda lo material, una que alimente nuestra alma y beneficie a los demás. Es un llamado a vivir con propósito, enfocándonos en acciones y valores que iluminen no solo nuestra propia existencia, sino también la de quienes nos rodean.

En un mundo que frecuentemente equipara el éxito con la acumulación de bienes materiales, las palabras de Jesús siguen siendo profundamente relevantes y desafiantes. Nos recuerdan que la verdadera riqueza no se mide en posesiones, sino en la calidad de nuestro carácter, en la profundidad de nuestras relaciones y en el impacto positivo que dejamos en el mundo.




Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

By browsing this website, you agree to our privacy policy.
I Agree