Publicaciones Diarias

mayo 10, 2024 in Evangelios

Evangelio del 11 de mayo del 2024

Sábado de la VI semana de Pascua

Lectionary: 296

Primera lectura

Hch 18, 23-28

En aquellos días, después de haber estado en Antioquía algún tiempo, emprendió Pablo otro viaje y recorrió Galacia y Frigia, confirmando en la fe a los discípulos.

Un judío, natural de Alejandría, llamado Apolo, hombre elocuente y muy versado en las Escrituras, había ido a Éfeso. Aquel hombre estaba instruido en la doctrina del Señor, y siendo de ferviente espíritu, disertaba y enseñaba con exactitud lo concerniente a Jesús, aunque no conocía más que el bautismo de Juan.

Apolo comenzó a hablar valientemente en la sinagoga. Cuando lo oyeron Priscila y Aquila, lo tomaron por su cuenta y le explicaron con mayor exactitud la doctrina del Señor. Como él deseaba pasar a Grecia, los hermanos lo animaron y escribieron a los discípulos de allá para que lo recibieran bien. Cuando llegó, contribuyó mucho, con la ayuda de la gracia, al provecho de los creyentes, pues refutaba vigorosamente en público a los judíos, demostrando, por medio de las Escrituras, que Jesús era el Mesías.

Salmo Responsorial

Salmo 46, 2-3. 8-9. 10

R. (8a) Dios es el rey del universo. Aleluya.
Aplaudan, pueblos todos,
aclamen al Señor, de gozos llenos;
que el Señor, el Altisimo, es terrible
y de toda la tierra, rey supremo.
R. Dios es el rey del universo. Aleluya.
Porque Dios es el rey del universo,
cantemos el mejor de nuestros cantos.
Reina Dios sobre todas las naciones
desde su trono santo.
R. Dios es el rey del universo. Aleluya.
Los jefes de los pueblos se han reunido
con el pueblo de Dios, Dios de Abraham,
porque de Dios son los grandes de la tierra.
Por encima de todo Dios está.
R. Dios es el rey del universo. Aleluya.

Aclamación antes del Evangelio

Jn 16, 28

R. Aleluya, aleluya.
Salí del Padre y vine al mundo;
ahora dejo el mundo y vuelvo al Padre, dice el Señor.
R. Aleluya.

Evangelio

Jn 16, 23-28

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Yo les aseguro: cuanto pidan al Padre en mi nombre, se lo concederá. Hasta ahora no han pedido nada en mi nombre. Pidan y recibirán, para que su alegría sea completa.

Les he dicho estas cosas en parábolas; pero se acerca la hora en que ya no les hablaré en parábolas, sino que les hablaré del Padre abiertamente. En aquel día pedirán en mi nombre, y no les digo que rogaré por ustedes al Padre, pues el Padre mismo los ama, porque ustedes me han amado y han creído que salí del Padre. Yo salí del Padre y vine al mundo; ahora dejo el mundo y vuelvo al Padre’’.

 

Reflexión

En el pasaje de Juan 16, 23-28, podemos imaginarnos a Jesús sentado con sus discípulos, compartiendo palabras que están llenas de esperanza y promesas. Les dice que, en aquel día, no necesitarán preguntarle nada directamente, porque todo lo que pidan al Padre en su nombre, Él lo concederá. ¿No es fascinante cómo Jesús nos abre un acceso directo al Padre? Es como si nos diera una llave que abre todas las puertas.

Pensemos en esto: antes, los discípulos dependían de Jesús para obtener respuestas y para interceder por ellos. Pero ahora, Jesús les está diciendo que pueden hablar directamente con el Padre. ¡Qué cambio radical! Es como si se nos invitara a una audiencia privada con un rey, no a través de intermediarios, sino directamente. Este es un concepto revolucionario. No hay barreras, no hay obstáculos, solo una comunicación abierta y directa con Dios.

Jesús también menciona algo profundamente reconfortante: el Padre mismo los ama. No porque Jesús lo haya pedido, sino porque ellos han amado a Jesús y han creído que Él vino de Dios. Esto es una reafirmación de la relación de amor que Dios tiene con cada uno de nosotros. No estamos solos, no somos desconocidos para Dios; somos amados profundamente.

Y luego, Jesús resume su misión: vino del Padre al mundo y ahora deja el mundo para volver al Padre. Es como un ciclo completo, un viaje de ida y vuelta que asegura que siempre estamos conectados con Dios, sin importar dónde estemos o qué enfrentemos.

Esta conversación nos invita a reflexionar sobre nuestra propia relación con Dios. También nos recuerda que podemos acudir a Él con confianza, sabiendo que somos escuchados y amados. Nos anima a vivir con la seguridad de que estamos en una relación directa y amorosa con el Creador del universo. ¿No es eso algo increíblemente alentador?

Ahora, podemos imaginar cómo esta promesa puede transformar nuestra vida diaria. Saber que tenemos un acceso directo al Padre nos da una nueva perspectiva sobre la oración y la vida espiritual. No   solo una rutina o una obligación; es una oportunidad de tener una conversación sincera y abierta con Dios, quien nos escucha con atención y amor. Esta cercanía nos invita a llevar nuestras preocupaciones, alegrías, y sueños directamente a Él, confiando en que cada palabra es valorada. Así, cada momento de oración se convierte en un encuentro profundo y significativo, una oportunidad para fortalecer nuestra fe y experimentar la paz que viene de saber que estamos siempre en la presencia de un Padre amoroso y atento.

 




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