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enero 10, 2024 in Evangelios

Lecturas del 14 de enero del 2024 :: Segundo Domingo Ordinario

Segunda Domingo Ordinario

Lectionary: 65

Primera lectura

1 Sm 3, 3b-10. 19

En aquellos días, el joven Samuel servía en el templo a las órdenes del sacerdote Elí. Una noche, estando Elí acostado en su habitación y Samuel en la suya, dentro del santuario donde se encontraba el arca de Dios, el Señor llamó a Samuel y éste respondió: “Aquí estoy”. Fue corriendo a donde estaba Elí y le dijo: “Aquí estoy. ¿Para qué me llamaste?” Respondió Elí: “Yo no te he llamado. Vuelve a acostarte”. Samuel se fue a acostar. Volvió el Señor a llamarlo y él se levantó, fue a donde estaba Elí y le dijo: “Aquí estoy. ¿Para qué me llamaste?” Respondió Elí: “No te he llamado, hijo mío. Vuelve a acostarte”.

Aún no conocía Samuel al Señor, pues la palabra del Señor no le había sido revelada. Por tercera vez llamó el Señor a Samuel; éste se levantó, fue a donde estaba Elí y le dijo: “Aquí estoy. ¿Para qué me llamaste?”

Entonces comprendió Elí que era el Señor quien llamaba al joven y dijo a Samuel: “Ve a acostarte, y si te llama alguien, responde: ‘Habla, Señor; tu siervo te escucha’ “. Y Samuel se fue a acostar.

De nuevo el Señor se presentó y lo llamó como antes: “Samuel, Samuel”. Éste respondió: “Habla, Señor; tu siervo te escucha”.

Samuel creció y el Señor estaba con él. Y todo lo que el Señor le decía, se cumplía.

Salmo Responsorial

Salmo 39, 2 y 4ab. 7-8a. 8b-9. 10
R. (8a y 9a) Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.
Esperé en el Señor con gran confianza;
él se inclinó hacia mí y escuchó mis plegarias.
El me puso en la boca un canto nuevo,
un himno a nuestro Dios.
R. Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.
Sacrificios y ofrendas no quisiste,
abriste, en cambio, mis oídos a tu voz.
No exigiste holocaustos por la culpa,
así que dije: “Aquí estoy “.
R. Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.
En tus libros se me ordena
hacer tu voluntad.;
esto es Señor, lo que deseo
tu ley en medio de mi corazón.
R. Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.
He anunciado tu justicia
en la gran asamblea;
no he cerrado mis labios:
tú lo sabes, Señor.
R. Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.

Segunda Lectura

1 Cor 6, 13c-15a. 17-20

Hermanos: El cuerpo no es para fornicar, sino para servir al Señor; y el Señor, para santificar el cuerpo. Dios resucitó al Señor y nos resucitará también a nosotros con su poder.

¿No saben ustedes que sus cuerpos son miembros de Cristo? Y el que se une al Señor, se hace un solo espíritu con él. Huyan, por lo tanto, de la fornicación. Cualquier otro pecado que cometa una persona, queda fuera de su cuerpo; pero el que fornica, peca contra su propio cuerpo.

¿O es que no saben ustedes que su cuerpo es templo del Espíritu Santo, que han recibido de Dios y habita en ustedes? No son ustedes sus propios dueños, porque Dios los ha comprado a un precio muy caro. Glorifiquen, pues, a Dios con el cuerpo.

Aclamación antes del Evangelio

Cfr Jn 1, 41. 17
R. Aleluya, aleluya.
Hemos encontrado a Cristo, el Mesías.
La gracia y la verdad nos han llegado por él.
R. Aleluya.

Evangelio

Jn 1, 35-42

En aquel tiempo, estaba Juan el Bautista con dos de sus discípulos, y fijando los ojos en Jesús, que pasaba, dijo: “Éste es el Cordero de Dios”. Los dos discípulos, al oír estas palabras, siguieron a Jesús. Él se volvió hacia ellos, y viendo que lo seguían, les preguntó: “¿Qué buscan?” Ellos le contestaron: “¿Dónde vives, Rabí?” (Rabí significa ‘maestro’). Él les dijo: “Vengan a ver”.

Fueron, pues, vieron dónde vivía y se quedaron con él ese día. Eran como las cuatro de la tarde. Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que oyeron lo que Juan el Bautista decía y siguieron a Jesús. El primero a quien encontró Andrés, fue a su hermano Simón, y le dijo: “Hemos encontrado al Mesías” (que quiere decir ‘el Ungido’). Lo llevó a donde estaba Jesús y éste, fijando en él la mirada, le dijo: “Tú eres Simón, hijo de Juan. Tú te llamarás Kefás” (que significa Pedro, es decir ‘roca’).

Reflexiones

El pasaje del Evangelio según San Juan 1, 35-42 nos muestra un momento crucial: el encuentro inicial de los primeros discípulos con Jesús. Aquí, Juan el Bautista presenta a Jesús como “el Cordero de Dios”, una declaración cargada de significado teológico e histórico. Los discípulos, siguiendo a Jesús, son invitados por él a “venir y ver”, marcando el comienzo de su transformación espiritual.

La referencia a Jesús como “el Cordero de Dios” resuena con profundas connotaciones en el judaísmo. El cordero era un símbolo de sacrificio, central en los rituales del Templo de Jerusalén. Esta identificación prefigura el papel sacrificial de Jesús, anticipando su muerte redentora en la cruz. Además, este título conecta con las esperanzas mesiánicas del pueblo judío, anhelante de liberación y redención.

El pasaje es fundamental en la cristología joánica. La denominación de Jesús como el Cordero de Dios destaca su misión de redención y reconciliación. La invitación de Jesús a “venir y ver” revela un aspecto esencial de su ministerio: la invitación a una relación personal y transformadora. No es simplemente un llamado a observar, sino a experimentar y participar en la vida y misión de Jesús.

El encuentro de los discípulos con Jesús es un modelo para nuestra propia búsqueda espiritual. Al igual que los discípulos, somos llamados a seguir a Jesús, a pasar tiempo con él y a dejarnos transformar por esa relación. Esta narrativa nos motiva a buscar una experiencia personal con lo Dios, más allá del conocimiento teórico o doctrinal. La fe, en este sentido, se convierte en un camino de descubrimiento y profundización constante.

La respuesta de los discípulos a la llamada de Jesús también es importante. Andrés, uno de los discípulos, va inmediatamente a decirle a su hermano Simón (quien será llamado Pedro) que han encontrado al Mesías. Este acto de compartir la buena nueva es un ejemplo del llamado cristiano a ser testigos de nuestra fe. La experiencia espiritual personal se convierte en un impulso para la evangelización y el testimonio.

Además, la interacción de Jesús con Simón es notable. Al decirle que será llamado Cefas (Piedra), Jesús no solo le da un nuevo nombre, sino que señala el cambio radical que se operará en su vida y su futuro papel en la comunidad cristiana. Este cambio de nombre simboliza la transformación interna que ocurre cuando entramos en una relación con Dios.

En el pasaje, por tanto, no solo narra el inicio del ministerio de Jesús y el llamado de sus primeros discípulos, sino que también nos ofrece un espejo para nuestra propia jornada espiritual. Nos muestra como reconocer en Jesús al Mesías redentor, a responder a su llamado, a experimentar una transformación personal y a compartir nuestra fe con otros. Nos enseña que la fe cristiana es un camino dinámico de encuentro, seguimiento y transformación, invitándonos a profundizar constantemente en nuestra relación con lo divino.

Nos desafía a ver en Jesús al Cordero de Dios que trae redención, a responder a su llamado a “venir y ver”, y a vivir una fe que es activa, compartida y transformadora.




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