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agosto 7, 2023 in San Ignacio de Loyola

“La Espiritualidad Ignaciana: Una Respuesta al Desafío de la Justicia Global”

El siglo XXI nos confronta con una serie de desafíos de justicia global que exigen respuestas conscientes y éticamente sólidas. Los problemas van desde la pobreza, la desigualdad social, los desplazamientos forzados, el cambio climático hasta la exclusión y discriminación. En este contexto, la espiritualidad ignaciana, arraigada en los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola, ofrece un marco y una guía para abordar estos desafíos desde una perspectiva de fe y compromiso.

La espiritualidad ignaciana se basa en el discernimiento, el amor y el compromiso con los demás, valores que son esenciales para la construcción de un mundo más justo. Este camino de fe promueve la empatía y la solidaridad, y nos invita a ver a Dios en todas las cosas y a todos los seres humanos como hermanos y hermanas.

Una característica central de la espiritualidad ignaciana es la llamada a “ver a Dios en todas las cosas”. Esto implica reconocer la presencia y la acción de Dios en el mundo, y en particular, en la lucha por la justicia. Esta visión de Dios en el mundo nos compromete a trabajar por la justicia, entendida no solo como una cuestión de equidad, sino también como la promoción de la dignidad y el valor intrínseco de cada persona.

La espiritualidad ignaciana también enfatiza el concepto de “magis”, o el “más”. Este concepto no solo se refiere a hacer más, sino a hacer lo que es más amable, lo que es más justo, lo que es más al servicio de los demás. En este sentido, el “magis” nos impulsa a ir más allá de las respuestas cómodas o convenientes a los problemas de injusticia y a buscar soluciones que estén orientadas hacia el bien común.

El compromiso con la justicia global en la espiritualidad ignaciana también se manifiesta en el concepto de “la opción preferencial por los pobres”. Este principio nos llama a estar del lado de aquellos que son más vulnerables y excluidos, y a trabajar por sistemas y estructuras que sean justas y promuevan la dignidad humana.

Finalmente, la espiritualidad ignaciana nos llama a la acción. No es suficiente contemplar y reconocer las injusticias del mundo; también somos llamados a trabajar activamente por el cambio. Este compromiso nos lleva a la frontera de la fe y la justicia, un lugar donde la oración se encuentra con la acción y la espiritualidad se encuentra con la realidad social.

En conclusión, la espiritualidad ignaciana ofrece una rica y profunda respuesta al desafío de la justicia global. Nos invita a ver, a amar y a actuar; y en el proceso, nos ayuda a construir un mundo más justo y compasivo.




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