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julio 18, 2023 in Evangelios

Lecturas del día 22 de Julio de 2023

Primera lectura

Can 3, 1-4
Esto dice la esposa:
“En mi lecho, por las noches,
a mi amado yo buscaba.
Lo busqué, pero fue un vano.
Me levantaré. Por las plazas
y barrios de la ciudad
buscaré al amor de mi alma.

Lo busqué, pero fue en vano.
Y me encontraron los guardias
de la ciudad, y les dije:
‘¿Qué no vieron a aquel que ama
mi alma?’ Y apenas se fueron,
encontré al amor de mi alma”.

O bien:

2 Co 5, 14-17
Hermanos: El amor de Cristo nos apremia, al pensar que si uno murió por todos, todos murieron. Cristo murió por todos para que los que viven ya no vivan para sí mismos, sino para aquel que murió y resucitó por ellos.

Por eso nosotros ya no juzgamos a nadie con criterios humanos. Si alguna vez hemos juzgado a Cristo con tales criterios, ahora ya no lo hacemos. El que vive según Cristo es una creatura nueva; para él todo lo viejo ha pasado. Ya todo es nuevo.

Salmo Responsorial

Salmo 62, 2. 3-4. 5-6. 8-9

R. (2b) Señor, mi alma tiene sed de ti.
Señor, tú eres mi Dios, a ti te busco;
de ti sedienta está mi alma.
Señor, todo mi ser te añora,
como el suelo reseco añora el agua.
R. Señor, mi alma tiene sed de ti.
Para admirar tu gloria y tu poder,
anhelo contemplarte en el santuario.
Pues mejor es tu amor que la existencia;
siempre, Señor, te alabarán mis labios.
R. Señor, mi alma tiene sed de ti.
Podré así bendecirte mientras viva
y levantar en oración mis manos.
De lo mejor se saciará mi alma;
te alabaré con júbilo en los labios.
R. Señor, mi alma tiene sed de ti.
Fuiste mi auxilio
y a tu sombra, canté lleno de gozo.
A ti se adhiere mi alma
y tu diestra me da seguro apoyo.
R. Señor, mi alma tiene sed de ti.

Aclamación antes del Evangelio

R. Aleluya, aleluya.

¿Qué has visto de camino,
María, en la mañana?
A mi Señor glorioso,
la tumba abandonada.
R. Aleluya.

Evangelio

Jn 20, 1-2. 11-18
El primer día después del sábado, estando todavía oscuro, fue María Magdalena al sepulcro y vio removida la piedra que lo cerraba. Echó a correr, llegó a la casa donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo habrán puesto”.

María se había quedado llorando junto al sepulcro de Jesús. Sin dejar de llorar, se asomó al sepulcro y vio dos ángeles vestidos de blanco, sentados en el lugar donde había estado el cuerpo de Jesús, uno en la cabecera y el otro junto a los pies. Los ángeles le preguntaron: “¿Por qué estás llorando, mujer?” Ella les contestó: “Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo habrán puesto”.

Dicho esto, miró hacia atrás y vio a Jesús de pie, pero no sabía que era Jesús. Entonces él le dijo: “Mujer, ¿por qué estás llorando? ¿A quién buscas?” Ella, creyendo que era el jardinero, le respondió: “Señor, si tú te lo llevaste, dime dónde lo has puesto”. Jesús le dijo: “¡María!” Ella se volvió y exclamó: “¡Rabbuní!”, que en hebreo significa ‘maestro’. Jesús le dijo: “Déjame ya, porque todavía no he subido al Padre. Ve a decir a mis hermanos: ‘Subo a mi Padre y su Padre, a mi Dios y su Dios’ “.

María Magdalena se fue a ver a los discípulos para decirles que había visto al Señor y para darles su mensaje.

Palabra de Dios, te alabamos Señor.

Reflexión

¿Habéis visto al amor de mi alma?

Un tema ocupa el núcleo de las lecturas, el amor. O sea: un tema de siempre, resaltado en el mensaje de Jesús de Nazaret y en san Pablo. El amor expresado bellamente en el texto del Cantar de los Cantares, como ansia de la amante que despierta del sueño, del descanso, en la búsqueda del amado, es “el amor de su alma”. Lo busca con descaro, en la oscuridad; pregunta por él a los únicos que encuentra en la noche, los guardias. Según el texto antes de encontrar respuesta, lo encontró. ¿Quién era el amor de su alma? La lectura se interrumpe y no nos lo dice.

Acudimos al texto, y este, sin decir quién es, sí señala que lo abrazó y, sin soltarlo lo llevó a la casa de su madre y al lecho de “la que me concibió”. (Sí, el final en la iglesia puede sonar a una vulgar seria, por ello se interrumpe el relato). Pero es bien expresivo y bellamente relatado. A cada uno le corresponde quedarse en el relato o captar su mensaje: la urgencia del amor, del amor con rostro; buscarlo, aun en la oscuridad, hacérselo suyo, a la vez que se hace de él.

En la lectura de san Pablo nos encontramos con la conocida y reiterada y terminante expresión del Apóstol: “Nos apremia -o nos urge- el amor de Cristo”. ¡He ahí nuestro amado, que ha de hacernos suyo, y nosotros hemos de hacer nuestro! Aunque haya que buscarlo superando cansancios, comodidades de lecho y en medio de la oscuridad.

El texto añade algo que es de interés. La figura de María Magdalena, no es fácil de identificar entre las diversas “marías” del evangelio, la mayoría juzgadas pecadoras públicas; pues bien, no se debe olvidar lo que nos dice el texto: “ya no valoramos a nadie por criterios humanos”.

El salmo resume el mensaje de las lecturas previas: “Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío”. Hasta poder decir: “mi alma está unida a ti y tu diestra me sostiene”.

Mujer, ¿por qué lloras?, ¿a quién buscas?

El texto recoge dos momentos distintos de las manifestaciones de Cristo resucitado. El primero el anuncio de María a Simón Pedro y a Juan de que se han llevado del sepulcro a al Señor y no vemos donde lo ha puesto”. No se habla de resurrección, de Jesús vivo, solo, importante signo, de que no está en el sepulcro.

En el otro episodio María – sin “Magdalena”- toma conciencia de que Jesús está vivo, ante ella, cuando la llama por su nombre: fue el oído, no los ojos el que lo hizo reconocible a María. Y el anuncio a los apóstoles será distinto del primero: Jesús no está en el sepulcro, porque no pertenece a los muertos, está vivo, y se junta a “su Padre, y al Padre vuestro”.

Es magnífico que María sea considerada por los escritores santos la primera testigo y predicadora del triunfo de Jesús sobre la muerte. De su presencia viva al lado de Dios Padre. Cierto que, precisamente por ser una mujer, algunos discípulos dudaron de la veracidad de su palabra. Solo cuando Pedro y otros atestiguaron lo que María había dicho se creyó en la resurrección de Cristo. Circunstancia que da qué pensar.

Testimonio válido de la resurrección es el amor, el compromiso afectivo, de todo el ser con la persona y causa de Jesús. Sea quien sea, hombre, mujer, jerarquía o pueblo sencillo. ¿Cómo nos vemos cada uno para que podamos ser testigo de que Jesús, está vivo; y su palabra, su causa siguen vigentes? ¿Cuál es la dimensión de nuestro amar?




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